El sorprendente ritmo de las revueltas

Tomás Ibañez
Domingo 10 de noviembre de 2013
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Traducido y adaptado del texto publicado en el número 28 de la revista Réfractions , "Indignations Occupations Insurrections" (Paris, mayo 2012)

París en 1968; Berlín y la plaza Tienanmen en 1989; Seattle en 1999; Atenas en 2008; la plaza Tahir en 2011, un poco más tarde ese mismo año la plaza del Sol y la de Catalunya, seguidas por Wall Street…

Periódicamente, sin que se manifieste regularidad alguna en cuanto a la frecuencia del fenómeno, ni que consigamos captar la más mínima regla de sucesión temporal, el horizonte social se quiebra de relámpagos que nadie había previsto un instante antes. Repentinamente, ya sea aquí mismo, o un poco más lejos, o en las antípodas, la triste y gris sumisión cotidiana se rompe y se transforma en potentes vientos de revuelta. Asistimos entonces a unas imprevisibles explosiones populares que animan nuestros corazones y que logran sacudir, o incluso resquebrajar en algunas ocasiones, los pilares de las instituciones dominantes.

El hecho mismo de que cada nueva explosión social nos coja desprevenidos debería hacernos reflexionar, tanto más cuanto que vamos a seguir experimentando sorpresas durante largo tiempo ¿o es que alguien se atrevería a aventurar con alguna precisión dónde y cuándo surgirá el próximo episodio que dejará su huella en la larga historia de las revueltas? Desengañémonos, sea cual sea nuestra perspicacia política el próximo episodio nos sorprenderá de nuevo y nos confrontará una vez más con el misterio de esta alternancia irregular y aparentemente caprichosa entre largas fases de desesperante atonía social y breves periodos de embriagadora efervescencia.

Se trata de un misterio que encuentra sin embargo alguna luz en las metáforas que solemos usar para representarnos las erupciones sociales. Una de las que acuden con mayor frecuencia a nuestra mente es la de un volcán que sólo proyecta por intermitencia el magma incandescente que arde continuamente en sus entrañas. Otras metáforas de las insurrecciones sociales aluden a los terremotos que sacuden repentinamente un suelo hasta entonces inerte, o remiten a los imparables tsunamis que se abalanzan bruscamente sobre las costas. Se trata, al igual que ocurre con los volcanes, de fenómenos ciertamente episódicos y escasamente previsibles, al menos con exactitud, pero que, sin embargo, hunden sus raíces en un movimiento continuo como es el del lento desplazamiento de las placas geológicas.

En todas estas metáforas que evocan las revueltas populares encontramos la idea fuerza de una continuidad de fondo, sorda y secreta, que da lugar sin embargo a manifestaciones episódicas, ensordecedoras y espectaculares. En realidad, la discontinuidad sería tan solo una apariencia, similar a la que evoca el curso del Guadiana: la sorpresa que experimentamos cuando el rio reaparece ante nuestra mirada no resulta sino de nuestra ignorancia o de nuestro olvido del recorrido subterráneo.

Nuestras metáforas más habituales sugieren que las explosiones sociales constituyen la brusca manifestación de un fuego que arde permanentemente en los más profundos pliegues de la historia, y que representan el resurgir episódico, incluso cíclico, de esa incandescencia a la que nos gusta imaginar bajo los rasgos de una aspiración colectiva a la libertad y de una resistencia subterránea contra el dominio.

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Tomás Ibañez, Le temps saccadé des révoltes

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