La educación integral

Por Heloísa Castellanos
Miércoles 5 de junio de 2013
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Publicado originalmente en la revista Réfractions 7, otoño 2001

Traducción del francés en "Educación anarquista, aprendizajes para una sociedad libre"

Editorial Eleuterio, Santiago de Chile, 2012.

Convendría más bien hablar de educación integral –según la fórmula de Paul Robin- que de pedagogía libertaria cuando se consideran los avances teóricos y prácticos que han hecho su aparición a fines del siglo XIX en materia de educación.

Todos los revolucionarios de ese siglo han abordado la cuestión de la educación como parte del proyecto de cambio de la sociedad. Una manera radicalmente distinta de considerar la escuela -sustrayendo al niño de la influencia tanto de la Iglesia como del Estado-debería permitir formar adultos libres, susceptibles de cambiar el mundo. La emancipación política es entonces su objetivo.

Sobre esta cuestión, los partidarios de Marx y de Bakunin no difieren
sensiblemente.

El principio que guía la educación integral es el del desarrollo de todas las
posibilidades de una persona, preparándola tanto al mundo del pensamiento como al del trabajo. Ella es, por cierto, igual para todos, mixta y laica. Y será guiado por la luz de la razón y de la ciencia, a través de la observación de los hechos en un medio desprovisto de
coerción que el niño avanzará de descubrimiento en conocimiento. Esta fe inquebrantable en la ciencia y en su método de observación-experimentación, conlleva claramente la marca de la filosofía positivista. Hoy, podemos ser críticos, entiéndase escépticos, en cuanto a sus
cualidades intrínsecas, al menos en la manera en la cual los partidarios de esta nueva pedagogía preconizan su uso, como un instrumento no ideológico de acceso al conocimiento. Pero frente al poder de la Iglesia, era la única vía de salvación.

El primero en poner en práctica estos ideales será Paul Robin, en Francia. Antes de él, de Fourier a Tolstoi, de Proudhon a Marx o Bakunin, habían sido numerosos en poner las bases de una nueva teoría educativa. Pero el mérito incontestable de P. Robin es haber demostrado su viabilidad. Tanto Francisco Ferrer como Sebastián Faure van a referirse, cada uno a su manera, a esta experiencia princeps.

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